enero 26, 2009

Momentos maternales...

Como ya les había prometido les abriré mi corazón a esos momentos que marcan la infancia de cualquiera y son aquellos en que la amadisima madre (sí ese ser puro, sacrificado, benévolo, etc...) desahoga sus traumas con sus pequeños y todavía indefensos vástagos.

Hoy contaré uno de esos primeros momentos, que coincide con uno no demasiado embarazoso. Hay que remontarnos a la década de los ´80 poco después de mediados Mazinger Z era la caricatura de moda y las conciencias temerosas la veían con malos ojos por la violencia contenida, afortunadamente en casa la censura fue relativamente poca pues mi padre trabajaba en RTC y antes que muchos veía todo lo que nosotros veíamos y se encargaba de que estuviera perfectamente claro que eran caricaturas, dibujos, que eso no pasaba y no tenia por que pasar (tal vez de ahí viene que pocos años después mi hermano y yo jugásemos a los Hotweels incendiarios, pero eso no lo sabremos nunca). En fin ya divague un poco y si me doy licencia seguiré y seguiré sin llegar a mi punto.

Pues bien yo era una pequeñita, muy pequeñita pues nunca he sido muy alta, de grandes ojos y mucha curiosidad con ganas de comerse el mundo, pero que no tenia mucho éxito ni con el grupo de la escuela a la que asistía (sí también ese antro de perdición tendrá su espacio, posiblemente la próxima entrada si estoy de suficiente humor), en fin un buen día nos pidieron una copia de nuestra Acta de Nacimiento, ese papel tamaño oficio que te piden por triplicado en cada engorroso trámite que cualquier burócrata exige; en fin yo llevé mi linda hoja azul (pues querían una original, no una copia) y de pronto mis ojos castaños llegan al apartado de "Padre" y "Madre" con sus respectivos nombres y edades, me dije e mi misma en ese momento, veamos si me dijeron la verdad, así que después de un complicadisimo cálculo tomé el año en que estábamos y resté la edad de mis progenitores, me pasé la mitad del recreo memorizandolos y al terminar este entregué el dichoso documento muy satisfecha por haber obtenido ese número cabalístico que cuando preguntas ellos nunca responderan más de 21 (y uno ya los ve taaaaaaaan grandes). En fin las clases terminaron, me recogieron y la tarde pasó sin muchos contratiempos, hasta que después de Mazinger decidí que era el momento (además pasaban partidos políticos y no me gustaban y no los entendía, ahora los entiendo más pero me gustan menos), subí los 16 escalones que conducen a la terraza y ahí estaba mi papá haciendo no recuerdo que son madera y clavos y resistol, le dije:

Yo: -papi, papi, ya se cuantos años tienes.
Papá: ¿cuantos?
Yo: - XXX (ajá creyeron les revelaría la edad de mi padre en esos años ¿verdad?)

El se sonrió mucho, me cargó y me preguntó que como sabia, le explique mi profundo cálculo y la fuente de mi información, me bajo y entré corriendo a la casa, baje los 16 escalones y fui con mi madre, el dialogo se repitió hasta el momento de la edad y cuando yo esperaba una reacción similar a la de mi padres ¡ZAZ! mi madre sorprendiéndome como siempre, me receta un par de cachetadas (igual no fue tan trágico, pero yo así lo recuerdo y se aguantan) y con un doloroso gemido me dijo:

Mamá: -Nunca, pero nunca vuelvas a decir mi edad.

Yo salí corriendo a mi cama para llorar mi tragedia y no recuerdo que más pasó, supongo que me quedé dormida o me puse a jugar con mi hermano, no importa, el momento maternal termina ahí pero dejó una gran secuela en mi, siempre que me preguntan digo mi edad, jamás me he avergonzado de ella y no creo entender del porque es un Tabú que las damas digamos la verdad sobre cuantos cumpleaños hemos celebrado (lo mismo pasa con el peso, los novios, etc...). Lo único malo es esa acción causó en mi un acto de pequeña rebeldía y era que cada que era el cumpleaños de mi madre me encargaba de recordarle cuantos años cumplía verdaderamente... supongo que no le caía nada, pero nada en gracia ese actitud mía.

Y ese lectores es un momento maternal patrocinado por tradiciones sin sentido que tenemos las mujeres.